El paternalismo institucionalizado

¿A ustedes no les molestan esos consejos gratuitos (sin tú solicitarlos, además) que te suelen dar personas que te recomiendan que no hagas tal cosa porque no te conduce a nada, o que no opines de tal tema  porque te vas a arrepentir, o que no levantes la voz en tal cuestión porque sólo te va a traer disgustos, o que no te compliques demasiado la vida y mejor tomar el camino fácil, para no arriesgarse mucho, o el casi famoso “de nada sirve que te quejes”, porque no vas a conseguir nada con ello? En definitiva, ¿no les toca un poco las narices toda esa gama de consejos con forma de advertencia que van dirigidos más a programarte que hacerte reflexionar sobre la forma de actuar en ciertos momentos de la vida?

Hace unas pocas semanas recibí una invitación en mi correo electrónico por parte de Ismael Martín –que dirige Madrid en Corto, es decir, el programa de distribución de cortometrajes realizados en la Comunidad de Madrid— para acudir a las sesiones especiales que en breve se van a realizar con motivo de la Semana del Cortometraje de Madrid. Esas sesiones especiales consisten en proyecciones en paralelo a la programación oficial que se ponen en el Círculo de Bellas Artes, lugar donde se celebra la Semana. En este caso la invitación era para exhibir mi último cortometraje “Anywhere” (https://cosasabsurdasqueocurren.wordpress.com/2014/01/21/diario-de-un-cortometraje-genesis-2/, https://cosasabsurdasqueocurren.wordpress.com/2014/04/08/diario-de-un-cortometraje-pedir-una-subvencion-instrucciones-de-uso/) en la prisión de mujeres de Alcalá-Meco. Lo cierto es que la invitación me sorprendió, básicamente porque no esperaba que a las instituciones les pareciese bien proyectar un corto cuyo contenido es bastante duro, si bien el mensaje que trasmite la historia es otro, más bien de denuncia, aunque mi forma de ver el cine no sea precisamente el hacer cine de denuncia o digamos donde el mensaje esté por encima de la historia. El caso es que me complacía saber que había una mentalidad abierta para programar todo tipo de contenidos.

A ese motivo se unía otra cuestión que me resultaba atractiva como es el hecho, que ya he comentado en otras ocasiones, de llevar un taller de cine en prisión desde hace cuatro años –lo alterno con Joaquín Abreu, amigo y colega que es profesor en la Escuela Superior de Comunicación, Imagen y Sonido (CEV), al que le pedí subirse al carro hace año y pico, algo que hizo de manera generosa—, concretamente en la prisión de Navalcarnero, a la que acudo dos sábados de cada mes a proyectar películas, hablar sobre cine, e incluso, si hay algo de tiempo, explicar cómo se han rodado ciertas cosas. Intentamos poner todo tipo de cine, de cualquier contenido, básicamente porque fue lo primero que pregunté a la ONG que me lo propuso cuatro años atrás. No me pusieron ningún tipo de restricción, así que programamos desde el cine más clásico al más actual, desde el más duro y real a la comedia más amable, desde el cine de autor al puro género, el caso es exhibir películas que para ellos sean un descubrimiento, proyectar desde “Rashomon” de Akira Kurosawa (mi inspiración para hacer “Anywhere”, junto con “La cabina” de Antonio Mercero) a “Inside Out” de Pete Docter (la última proyección que he hecho), dos obras maestras absolutas, cada una en su género.

Como decía antes, el taller lo hago a través de Solidarios para el Desarrollo, una ONG que surgió en la Universidad Complutense hace ya unas décadas, que trata siempre de echar una mano mediante sus voluntarios a los tres sectores más olvidados por la sociedad: los presos, los sin techo y los ancianos… vamos, los invisibles. Fue por una amiga por la que me enteré de que esta organización buscaba a alguien para llevar (obviamente de manera desinteresada) esta actividad en la prisión. Por aquel entonces, la cosa estaba muy parada, con la crisis en pleno apogeo, en mi caso con un proyecto de película en dique seco –ahora en manos de un productor, aunque veremos lo que depara el futuro, uno ya está vacunado de espanto con las largas esperas que no llegan a nada—, además de apenas tener trabajo por aquellos tiempos. Pero me atrajo la idea de acudir a un lugar al que como guionista creo que me siento en la obligación de conocer de cerca, porque en el terreno de la ficción, más tarde o temprano, vas a tener que escribir sobre ello, y es bueno huir de los clichés o las ideas preconcebidas, algo que para mí es el mayor enemigo del escritor.(https://cosasabsurdasqueocurren.wordpress.com/2013/12/23/el-ultimo-hombre-digno/).

Ha costado cuatro años conseguir cierta estabilidad en el taller, y no porque la dirección penitenciaria ponga las cosas fáciles. Soy consciente de lo difícil que es llevar una institución de este calibre, de que la seguridad es lo principal, además me merece todo el respeto del mundo el trabajo del funcionario de prisiones. A pesar de eso, y entendiendo lo complejo del lugar, lo único que pretendemos con el taller es aportar un granito de arena a la actividad cotidiana de una cárcel, donde en ningún momento justificamos comportamiento alguno, no nos ponemos del lado de nadie, ni siquiera tratamos de saber los distintos motivos por los que alguien acaba en prisión –es algo tan español lo de enseguida etiquetarte por lo que haces, ponerte de un lado de la trinchera, cuando lo único que quieres hacer simplemente es proyectar cine, entretener a unas personas que se encuentran allá dentro, además de aportar una posibilidad más de reflexión—. De hecho, nos ha costado bastante sacar adelante la actividad, los primeros dos años incluso me vi en alguna ocasión con un solo interno en el taller, en una cárcel con una población reclusa de casi 1700 personas. Y a estas alturas, cuando sucede algo así, ya ni pretendemos buscar una lógica o explicación, porque sabemos que es un lugar donde existen muchos imponderables. Aun así, tras cuatro años, por fin tenemos cierta estabilidad y tanto Joaquín como yo nos sentimos a gusto: que nos vengan cinco o seis internos es un lujo, que sean más de diez un triunfo, que vengan dos o tres la normalidad. De hecho, la nuestra no es la única actividad de los sábados por la tarde, hay más como el taller de yoga que dirigen Marisol y Sonia, dos mujeres que llevan muchos años sacrificando parte de su ocio para regalar unas horas que sirven de escape emocional a los que se encuentran entre rejas.

Lo cierto es que la sociedad a veces tiende a trivializar la dureza de la cárcel, es muy típico oír eso de que son hoteles de cinco estrellas con piscina (de hecho, en Navalcarnero hay una piscina, pero siempre la he visto sin agua). No conozco todas las prisiones del país, las habrá peores o mejores, yo diría más bien que habrá unas instalaciones más antiguas que otras. A la que yo acudo es vieja, no es precisamente un sitio donde uno quisiera pasar unos meses, ya no digamos unos años. Entiendo que haya gente que únicamente vea la prisión como un castigo, en parte es para eso, pero debemos recordar que todos, y digo todos, alguna vez podemos cometer un error, y no es muy difícil acabar dentro. Y seguramente, si eso pasa, desearíamos una segunda oportunidad, algo que está regulado en la propia Constitución Española, es decir, la idea principal es reinsertarse en la sociedad, una vez cumplida la pena. No soy creyente, pero creo que ya lo dijo alguien importante hace tiempo: el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

Pero volviendo al inicio del texto, es decir, a la invitación para acudir a otra prisión donde querían proyectar “Anywhere”, para mí era un cierto desafío, aparte del placer que supone que el trabajo de uno pueda ser visto. Además, es en una prisión de mujeres, lugar donde nunca había estado, así que tenía curiosidad por ver cómo reaccionaban ante una historia que (efectivamente) es dura porque trata sobre un tipo de violencia que les afecta a ellas. No debería explicar de qué va el corto –a ello se une que fue un desafío visual y técnico al ser rodado como plano secuencia de casi 12 minutos, encima con distintos puntos de vista—, pero ya que cuento todo esto, al menos que la gente sepa qué ocurre en él para hacerse una idea de la polémica que ha surgido por su proyección.

“Anywhere” es una cortometraje que empieza de manera cotidiana, parece que vas a ver una comedia ligera, pero torna en una historia de suspense donde ocurre la violación de una mujer a plena luz del día, en medio de una ciudad, con un desenlace inesperado, que es ahí, en el final, donde está la reflexión que yo deseaba hacer. Es un cortometraje que, al igual que me pasó con “Tchang” (mi trabajo anterior), tiene un final donde el espectador puede sacar sus propias conclusiones, también con un trasfondo bastante complejo (la violencia de ETA). Incluso mi primer corto (“El momento justo”), en clave de comedia, también habla de algo desagradable como es el abuso escolar. Es así, lamentablemente en la vida pasan estas cosas, son temas que forman parte de la naturaleza humana, especialmente la violencia, algo que se encuentra en la mayoría de mis historias, especialmente en  todos mis cortos, quizás porque de pequeño cada vez que veía una situación violenta, era algo que me dejaba ciertamente marcado. En el caso de “Anywhere”, hay un momento en el plano secuencia que es algo crudo de ver (el asalto y la violación, aunque creo que no soy el único en la historia del cine que alguna vez ha mostrado algo así), más por el agobio e impotencia que trasmite, que por la crudeza de sus imágenes. De hecho el Ministerio de Cultura le puso la calificación de “no recomendado para menores de 16 años”, ni siquiera tuvo la calificación para mayores de 18 años.

Explico todo esto para, a continuación, contar el motivo de este texto y el porqué de su título. Una vez arreglé todos los trámites con Ismael para acudir a esa cita en la prisión de Meco, le pasé una copia del corto con mayor calidad para que se pudiera ver en las mejores condiciones, y finalmente pedí un día de mis vacaciones a la empresa para la que trabajo. Aclarar que ahora mismo subsisto como subcontratado de la administración pública a través de un conocida empresa del Ibex 35, que precisamente no se caracteriza por dar facilidades (de salario, ya ni hablamos) para eso de los días libres, al menos hasta que prescindieron impunemente del que era nuestro jefe de proyecto –que conocedor de las precarias condiciones laborales en las que estamos, al menos daba facilidades para este tipo de cosas—, pero ahora en su lugar han colocado al típico ejecutivo, muy común en la empresa española, cuyo modus operandi es el “no me toquéis los huevos, pero sobre todo, no me deis el coñazo con vuestras historias personales”. Así que, tras mover Roma con Santiago, conseguí el día libre para acudir a la proyección (y coloquio posterior). Todo estaba ya organizado, esperando a que llegase abril, cuando de pronto el viernes pasado, a la hora de comer, recibo una llamada de un número que no tengo en mi agenda.

La llamada era de Pilar García Elegido, una mujer muy conocida en el mundo del cortometraje español. Es asesora de cine de la Comunidad de Madrid, dirige la Semana del Cortometraje de Madrid, además de ser ella misma cineasta y realizadora de cortos. Aunque me la presentaron hace tiempo, y coincidido con ella en casi todos los eventos del mundo del cortometraje, tampoco puedo decir que la conozca a fondo, salvo conversaciones sueltas. El caso es que me llamaba justo cuando salía de tomar unas cervezas con unos compañeros de trabajo, estábamos despidiendo a una compañera a la que la mencionada empresa del Ibex 35 no había renovado por temas de presupuesto. Además, como siempre en estos casos, lo habían hecho sin ningún tacto, tras torearla durante semanas en las que ella preguntaba por su situación, dando igual que cumpliera con su trabajo, incluso que su jefe inmediato estuviera contento con ella. Pero volviendo a la llamada de Pilar, digamos que no me pilló en mi mejor momento (con un par de dobles en el cuerpo) para que me diera la siguiente noticia:

– Verás, Gonzalo, siento comunicarte que no vamos a poder proyectar tu corto en Meco. No quieren poner cortometrajes con contenidos violentos.

Creo recordar que me dijo eso más o menos, como he explicado antes me pilló con el pie cambiado, con dos cervezas en el cuerpo, sin comer y yendo con prisas porque había quedado. Al principio no me extrañó que no quisieran proyectarlo por su contenido, pero a medida que hablaba con ella recapitulé sobre los trámites que tuve que hacer para tener ese día de vacaciones, pensé que la persona que había tomado esa decisión se la pelaba completamente que ya me hubieran invitado, o que yo me hubiera preocupado en pedir ese día para acudir a esa cita, pero eso poco importa cuando le decisión es unilateral. Por cierto, también pagaban por la proyección, no una gran cantidad, pero se agradece si tienes que recuperar dinero invertido (como es mi caso), así que para qué engañarnos, aunque no sea lo principal, también es un dinero que en principio contabas con él.

Pilar se disculpó varias veces, preguntó si podía recuperar ese día, yo le respondí que lo veía difícil, tal y como están las cosas en el trabajo. Al final, le dije que daba igual, que ya vería qué haría, así que ahí terminó la cosa, obviamente creo que no usé un buen tono en la conversación, especialmente a medida que iba avanzando, aunque Pilar no fuera la responsable de esa decisión. Tampoco me aclaró quién había vetado el corto, aunque intuyo que sería Instituciones Penitenciarias, o quizás alguien que mandase en la propia prisión de Alcalá Meco. En resumidas cuentas, aceptando la comprensible disculpa de Pilar, el resumen era que ese tipo de contenidos no son aceptables, e imagino que cada uno que lea esto tendrá su opinión sobre lo sensible del lugar (una prisión) para poner algo como una violación, aunque en mi caso, comprenderán que mi cabreo fuera yendo a mayores a medida que avanzaban las horas. De alguna forma, aunque con buenas palabras, me habían vetado.

Pero aparte de la censura en sí mismo, hay algo que realmente despierta mi indignación, algo que me toca realmente la moral (por no decir otras cosas colgantes), y que no tiene que ver con perder un día de mis vacaciones de manera inútil, o que me invitasen (aunque no haya mala fe en ello) y luego me digan que no puedo ir, o que no cobre ese dinero que me venía de perlas; lo que realmente me toca la moral es el paternalismo que se esconde detrás de una decisión de este tipo.

Estoy seguro de que habrá gente que les parecerá bien que a personas que han cometido un delito –vamos, que no tienen los mismos derechos que el resto de personas de “bien”—, no se les debe programar contenidos inadecuados por el lugar donde se encuentran. Puedo suponer que quien decidió que no se puede exhibir este cortometraje, pensó que son mujeres, y por tanto, alguna pudo sufrir una agresión sexual en el pasado, así que desean evitar reacciones poco apropiadas durante la proyección y posterior debate. El caso es que, junto a “Anywhere”, van a programar otros cortos, y sé que al menos uno de ellos (que he visto) va sobre la violencia género, es una historia que se desarrolla en tiempos de Franco y que está dirigido por dos compañeras. Es un corto menos duro en cuanto al contenido, pero toca una temática compleja, es decir, en la sala puede haber mujeres que muy probablemente han sufrido maltrato por parte de hombres. Por tanto, cada vez que se toquen temas sensibles, ¿dónde ponemos la línea roja? Si “Anywhere” no es apropiado porque es violento en un momento del corto, entonces  ¿programaríamos “Te doy mis ojos” por la escena de la terraza?, por poner un ejemplo de una película muy conocida que va sobre un tema duro y con una escena bastante desagradable. De hecho mi corto va más allá que la mera denuncia sobre este tipo de agresión, lo que cuenta es cómo reaccionamos cuando somos testigos de algo así, en este caso una violación, pero puede hacerse extensible a otro tipo de violencias, como por ejemplo la de género.

Sé que sólo me queda el recurso del pataleo, que es lo que refleja este texto, que incluso habrá gente que le parezca mal mi queja y consideren correcta la decisión tomada. Me parece bien, aunque a mí me hubiera gustado que fueran las propias internas quienes pudieran opinar por sí mismas sobre el cortometraje, incluso que se pudieran indignar y decírmelo a la cara, pero sobre todo que hubiera una reflexión acerca del tema, opinar si les parece bien o mal, criticarlo, despreciarlo, o quién sabe, quizás apreciarlo, como en su día hizo CAVAS, la principal asociación (formada por psicólogas en su mayoría) que atiende a mujeres que han sufrido una agresión sexual, y que fueron las primeras que, tras leer el guión, me animaron a realizarlo.  

El corto produce reacciones dispares, soy consciente de ello, y no es mi intención ir de provocador por la vida, aunque sí pretendía golpear al espectador con algo que puede ocurrir en plena calle y a cualquier hora del día. Comprendo que cada uno tiene su sensibilidad, pero eso no significa que obviemos ciertos temas, cierta realidad que está ahí, nos guste o no. Incluso he comprobado en festivales donde el corto ha sido seleccionado, que a mucha gente les resulta incómodo, pero al menos lo han podido ver, lo han podido juzgar e incluso criticarlo. Justo eso es lo que no van a poder hacer las internas de Alcalá-Meco; por mucho que se encuentren dentro de una institución penitenciaria, aunque hayan cometido un delito (por el que están pagando), creo que tienen derecho a ser tratadas como personas adultas. Entiendo que en una prisión hay gente que está para tomar esas medidas restrictivas, pero no entiendo que se hagan sobre el contenido de una actividad cultural. Además, y para eso llevo cuatro años acudiendo a una prisión,  ¿acaso en las prisiones no se puede ver la televisión y que yo sepa no se censuran los contenidos de la misma? Puestos así, deberían vetar bastantes contenidos que no son adecuados. ¿O es que resulta muy fácil vetar el trabajo de un cortometrajista desconocido?

En fin, poco más puedo hacer salvo decidir qué hago ese día libre, quizás me vaya al IKEA a ejercer como ciudadano de consumo y de bien, o quizás empiece a escribir una comedia romántica generacional que pueda ser vendible a una cadena de televisión (a ver si me saca de pobre), o quizás me lea el libro de Bruce Cook sobre Dalton Trumbo, (que también sabía sobre vetos), o quizás me vaya al parque, me suba a un cajón y me ponga a dar consejos gratuitos a la gente, aunque lo que me pide el cuerpo es irme a la playa para correr por ella en plan Antoine Doinel…

©Gonzalo Visedo

 Paternalismo

 

 

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