Cuando siempre es Navidad

Hace mucho tiempo en un país muy muy cercano, mi cuñado montaba siempre un Portal de Belén con el que trataba de superarse cada año. Sí, yo era niño en relación a mis dos hermanos que me sacaban más de una decena y media de años –no me pregunten por qué, o más bien, habría que preguntárselo a mis progenitores, aunque imagino que el destino de mi padre en Guinea Ecuatorial durante nueve años influyó algo—, lo que significa que siempre me sentí un poco hijo único. Así que, por aquellos tiempos, una de las personas con las que más disfrutaba era con el marido de mi hermana, una especie de niño grande que jugaba al Subutteo –aquel juego que consistía en jugadores que tenían una peana con la que se desplazaban a golpe de dedo sobre un tapete que representaba un campo de fútbol— no sólo con su primer hijo (mi sobrino, obviamente), sino también conmigo y un buen amigo del barrio. Al llegar la Navidad, montábamos una especie de mini copa de Europa a un solo partido, y el ganador del torneo se llevaba una bolsa de Sugus (cuando eran Sugus, no lo que son ahora). Encima mi cuñado era bastante bueno jugando, nos sorprendía metiendo goles desde el córner, y creo que simplemente el lado adulto le salía cuando se dejaba perder, por aquello del qué dirán. Y no era sólo el Subutteo, montábamos el Scalextric durante todas las fiestas, aquellos circuitos en ocho, aquellas carreras hasta la noche. Se puede decir que así eran las navidades cuando uno era niño, no creo que distintas de las de otros: un puro juego.

Pasó el tiempo, me hice mayor, el significado de la Navidad empezó a cambiar en mi cabeza, como imagino que le pasa a cualquier adulto, por desgracia. Mi cuñado y mi hermana se separaron, salió de la familia y, por tanto, de las navidades, como pasa con tantas parejas; mi sobrino ahora trabaja en un banco y tiene dos hijos y mi buen amigo del barrio se perdió en el tiempo. En cuanto el Subutteo, con sus jugadores y su terreno de juego en forma de tapete, desapareció en alguna mudanza, o quizás duerma el sueño de los justos en algún trastero. A eso se une que con los años uno se daba cuenta de que las cenas en Nochebuena terminaban en bronca la mayoría de las veces, en ocasiones conmigo implicado, aunque uno intentase escabullirse camino de la tele a ver alguno de esos horribles especiales de La 1. Puede que en el pasado también hubiera broncas, pero no me daba cuenta, o al menos estaba demasiado centrado en los juegos, o en las películas que ponían. En muchas de las refriegas en la que me vi metido creo que yo mismo buscaba una especie de revancha, quizás por la diferencia de edad, quizás por la forma de pensar, muchas veces me sentía en Marte, maldiciendo que me hubiera tocado esa familia en suerte con la que nada tenía que ver. Imaginaba que los amigos tenían nochebuenas tranquilas y armoniosas, mientras yo había sido señalado por el destino maligno y caprichoso. Las fiestas pasaron a convertirse en algo cansino, en una obligación por la que tienes que pasar una vez al año, como pagar a Hacienda, o ir al dentista a sacarte una muela.

Sin embargo, en eso no soy nadie especial, basta con rascar un poco alrededor para darte cuenta de que las cenas de los amigos tampoco son muchos mejores, que las peleas familiares en esa fecha tan señalada, que diría aquél tan campechano amante de abatir elefantes, suelen ser tan comunes como el langostino, o la sidra. Lo de pasar unas fiestas en paz con la familia a veces significa ponerse unos guantes de diez onzas, y esquivar lo mejor que puedas los golpes bajos que te puedan venir en forma de viejos rencores. Un clásico navideño es la bronca política, fiel reflejo del sectarismo de esta sociedad nuestra, donde pensar distinto se toma como una ofensa personal, aunque por las venas corra la misma sangre. Se puede decir que en Nochebuena el guerracivilismo hace acto de presencia vestido de Santa Claus, como si en lugar del 24 de diciembre se celebrase el 18 de julio. Le añades vino, sidra, cava, alcoholes varios, todo ello agitado con una buena dosis de cuñadismo español, y obtienes peleas que provocan enfados que duran años, por no decir distanciamientos eternos, o incluso la presencia del Samur. Y en eso ninguno estamos libres de pecado, si bien del único cuñado del que puedo hablar, como dije antes, tengo un gran recuerdo de él.

Ahora, pasados los cuarenta, siempre que llega la Navidad –en especial la Nochebuena— tengo una especie de sensación contradictoria. Por un lado, lo que queda de aquel niño tiene todavía un atisbo de ilusión cuando se acercan estas fechas. Parece que voy a poder montar el Scalextric en la habitación, o la maqueta de tren en la mesa de trabajo. Paseo por las jugueterías de los grandes almacenes, cual depravado en busca de víctima infantil, observando novedades, coches, pistas, deseando comprar un circuito enorme, aunque piensen que es para mi hijo (inexistente, obviamente). También deseo quedar para una partida de algún juego de tablero, pero como no sea con los hijos de los amigos, que encima son poco de jugar, lo veo complejo. Siendo un descreído, además de ateo convencido, también me siguen gustando los belenes, incluso visito exposiciones, porque lo veo como un símbolo navideño más que como un símbolo religioso, me recuerdan a las maquetas de tren con las que flipaba en mi infancia, con sus figuritas, sus ríos, sus puentes, sus molinos, sus casas, la nieve hecha con harina (o al menos, nosotros es lo que usábamos). Para muchos, tanto los que creen, como los que lo desprecian, lo unen a una época que rememora el nacimiento de un señor que vino a salvarnos a todos: el Mesías decían antes, probablemente un perro flauta dirían ahora, todo según se mire. Para mí, simplemente sigue siendo una época de vacaciones, antaño de juguetes, pero sobre todo de echarle mucha imaginación al asunto, es decir, los juegos que montábamos.

Siento cierta nostalgia de aquellos momentos, me gustaría retrotraerme y tener regalos en Nochebuena con los que poder jugar el resto de vacaciones –lo de los regalos de Reyes es una putada, en seguida se acaban las vacaciones—, me gustaría montar el viejo circuito, me gustaría tener un campo de Subutteo, me gustaría jugar con los amigos, me gustaría montar un tablero de cartón y pasar día tras día haciendo estrategias para ganar una batalla con la que cambiar el curso de la Historia. Lamentablemente ahora lo único en lo que pienso es en los kilos que cogeré en estos días (todavía más), o si necesitaré una dosis extra de Alquen (u Omeprazol), o si saldré en Fin de Año a algún sitio a aguantar borrachos.

¿Volveré a recuperar algún día ese espíritu antaño? Es la pregunta que me hago, pero cuya respuesta obtengo al observar a mi anciana madre cada año que pasa, ya en la parte final de su camino vital, porque es la que tiene más ilusión por las fiestas. Montar el belén, el árbol, el resto de adornos, supone uno de los momentos cumbres del año. Es curioso porque tiempo atrás tenía un pesebre que le regalaron, con figuras muy grandes, sin ninguna gracia, pero como señora de otra época se veía obligada a colocarlo como agradecimiento. Por suerte, en los últimos años se convenció de lo impersonal de aquel belén y ahora hace todo un montaje: compra musgo, casas, pastores, ovejas, monta un camino, hace nevar con harina, coloca las luces estratégicamente, pone a los Reyes Magos en la otra punta y los hace avanzar durante todas las fiestas, de fondo sitúa un cielo estrellado, pero sobre todo el año pasado colocó un Herodes, lo que se convirtió en toda una odisea imaginativa. Como no encontraba ninguno, se fue a la tienda china a la que acude regularmente. Fue allá donde vio en el escaparate una figura que pedía a gritos ser Herodes.

Cuando llegué un día a casa, pasado el puente de diciembre, me llevó como es obligatorio a que viera el montaje del belén, y, por supuesto, alabarlo. Cuando de pronto, me quedé estupefacto: encima de un castillo de juguete, había una figura que me resultaba familiar, pero no en escenas relacionadas con el alumbramiento de Jesucristo, más bien en otro tipo de situaciones de tebeo, por no decir de película, y encima de la Marvel. Como si alguien con una copa de más hubiera manipulado una máquina del tiempo en plan bromista, sobre las almenas del palacio, y amenazando a la Galilea de la época romana, se alzaba… Iron Man.

Sí, me quedé perplejo, mi anciana madre había roto todos los moldes narrativos posibles, en cualquier momento no sabías si Iron Man se iba a poner a repartir estopa entre los romanos, los judíos, los pastorcillos, o a todos en conjunto. Su argumentación (la de mi anciana madre) fue que no encontraba a ningún Herodes decente que cumpliera el papel, y esta figura, de la que no tenía noticia alguna de pertenecer al mundo del cómic, le pareció reunía la principal característica para estar en su Portal haciendo de malo: tenía cara de mala leche, o de haber hecho mal la digestión.

Obviamente, algo así no podía pasar desapercibido, así que lo compartí en las redes sociales ya que me parecía semejante giro dramático, que ni a JJ Abrams se le hubiera pasado por la cabeza. Al igual que yo, otros muchos alucinaron, por no decir que se carcajearon con la ocurrencia. Una héroe de la Marvel en medio del fregado del siglo I que fue el origen de la Natividad cristiana. Ni Stephen Hawking hubiera sido tan osado.

Por supuesto, esto trajo consigo una serie de consecuencias en forma de nuevas aportaciones al Nacimiento, pero no por parte de mi madre, sino por parte de amigas. Una compañera que es directora, y amiga de estas cosas del cine (Mónica Mateo), en verano ya se adelantó haciéndome llegar por mi cumpleaños una figura imprescindible para el belén de mi venerable madre: Batman, el caballero oscuro, porque no hay dos sin tres. Así que, junto a los Reyes Magos en sus camellos, los pastorcitos, las ovejas, el del carro de bueyes, Batman y Iron Man cuidan de todos ellos, pero en plan Herodes y su ayudante, ejem. Ya quisiera el Oriente Medio actual tener a semejantes tipos velando por su seguridad. A ello se ha unido que una buena amiga catalana, que siempre me da cobijo cuando visito aquellas tierras (Elisabet Belmonte), envió por correo algo típico de su tierra para hacer una aportación más: un caganet.

Efectivamente, si quieren visitar un Portal de Belén ecléctico donde los haya, no duden en pasar por la casa de mi anciana, y algo dura de oído, madre. Estoy por poner horarios de visitas, pero sin cobrar, no vayan a pensar que soy el típico hijo fracasado que se aprovecha del ingenio de su progenitora. En absoluto pasa eso por mi mente, aunque será gratis para parados, ancianos y menores de siete años acompañados.

Para concluir este relato navideño, se puede decir que los años pasarán, y con ellos las nochebuenas serán como siempre, cargadas de discusiones políticas, desencuentros familiares, cuñados sabiondos, abusos gastronómicos, excesos etílicos, subidas de colesterol, nostalgias pasadas, pero espero sobre todo que a medida me vaya haciendo mayor, si llego a la edad mi madre, poder tener ilusión por montar el belén, rel árbol, los adornos navideños, recuperar a alguien con quien jugar, pero sobre todo regresar a la infancia en la medida de lo posible, cuando siempre es Navidad.

© Gonzalo Visedo

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6 comentarios

  1. El ” Me gusta” va dirigido a tu madre 😉
    Feliz Navidad ( con-niño-dentro)!

  2. igualmente… y gracias

  3. ¡Qué maja tu madre!. Precioso mantener la ilusión a pesar de las desilusiones. Disfrútala con ella. Abrazos.

  4. Igualmente Dieguez

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