¿De dónde vienen los monstruos?

Llevo toda mi existencia viviendo noches como la de ayer, aunque en el pasado solían ser amaneceres, porque el horror siempre te pilla con el pie cambiado, la legaña colgando, y los pensamientos a medias, camino del trabajo y la rutina. Ayer, sin embargo, fue camino de casa, de noche, tras una larga jornada de trabajo, tras unas cañas reparadoras, tras una enriquecedora sesión de cine, deseando llegar al hogar para relajarse y así poder dormir a pierna suelta sin la enervante llamada del despertador. Porque los monstruos no descansan, da igual que sigan a Alá, a otro ser superior imaginario, a una causa ideológica o patriótica, realmente no tienen horarios ni calendarios.

Creo que me moriré (espero tardar un poco todavía) y me seguiré preguntando de dónde vienen los monstruos. Y creo que seguiré sin encontrar una respuesta, aunque tengo claro que seguirán siendo fieles a su visita. Apenas alcanzo a recordar un momento en mi vida en que no se produjeran situaciones como la de París. Uno empieza a pensar que forma parte de lo cotidiano, del ADN de este planeta, aunque también forma parte la violencia en general, o sea, del ser humano.

Tras el eco de las explosiones y los balazos, se produce el mismo ritual de siempre: los cansinos (y repetitivos) discursos solemnes de los políticos, los mensajes de dolor, los emoticonos de tristeza, los gestos de solidaridad, los perfiles de Facebook con banderas francesas, las Torres Eiffel de luto (en esta ocasión), los hashtag solidarios; luego vendrán los análisis más o menos sesudos de tertulianos (aunque se hacen llamar “analistas”) que viven de decir cosas que yo mismo podría comentar en la barra de un bar, todos ellos más o menos sesgados, todos buscando espectáculo para la cadena que les paga. Por supuesto, también vendrá la expansión de la mierda, la búsqueda de culpables, las discusiones en foros, los comentarios subidos de tonos, los salvapatrias, los resuelve conflictos, los más listos de las clase, los que buscan protagonismo con estas cosas porque les gusta mirarse al espejo (y mucho), sólo hay que contar las horas para que surjan, aunque viven permanentemente en las redes. Forma parte del ritual, una rutina cansina en la que a uno le entran ganas de estar en una misión de no retorno a Marte.

No creo que mi análisis vaya a solucionar nada, entre otras cosas porque no es un análisis, simplemente ha salido así, me he dejado llevar por un impulso, que también es inútil, no voy a solucionar nada desde mi pequeño lugar en el mundo. Además, hace tiempo que estamos en guerra, probablemente desde hace más dos décadas (en nuestro caso puede que más tiempo, antes era una guerra interna, ahora es global), es algo que tengo asimilado hace tiempo, creo que vivo con ello, soy consciente de lo ocurrido ayer, que la consecuencia serán bombardeos, o quizás una nueva guerra en el Medio Oriente (allá donde nació la civilización, parece siniestro el sentido del humor del azar), seguramente cargada de intereses espurios, más allá de venganzas.

Y no es una guerra lejana de esas que vemos en las noticias mientras comemos. Es una guerra que está cerca, el frente de batalla no es una trinchera ni una playa a conquistar, es el bar de la esquina donde nos tomamos una caña, el cine donde nos emocionamos, la sala de conciertos donde escuchamos, saltamos y coreamos a nuestras bandas favoritas; es la guerra moderna, aquella entre los que creen en un ser imaginario y lo tienen todo muy claro, incluso sacrificar su propia vida afirmando que ese ser es grande, y los que creen en la razón, pero que no tienen nada claro, no están de acuerdo entre ellos, y queremos seguir viviendo cómodamente.

Puede que Occidente se lo haya buscado, de aquellos fangos vienen estos lodos, quizás lo tengamos merecido, puede ser verdad, tanta soberbia se paga, aunque me pregunto si debemos cargar con el lastre del pasado. Me siento aún más pequeño si es así, ¿realmente merecemos esto? ¿Soy culpable porque nací al otro lado de la frontera, o al otro lado del mar? ¿Debo sentirme responsable por tomar un café en paz en una terraza? No lo sé, quizás sí, quizás suena terrible tomarse un café en paz cuando la mitad del mundo muere en la miseria y el horror.

Entonces, ¿qué puedo hacer? ¿Me suscribo a una ONG para limpiar mi conciencia paternalista como occidental, aunque eso en el fondo forma parte del propio sistema y también del problema? ¿Apago la tele, cierro los pestillos y me encierro de por vida? ¿Hago como que no pasa nada, sigo con mi vida, hasta que un día me toque? ¿Salgo a manifestarme y protestar para luego volver mi “cómoda” vida europea? Honestamente, no tengo ni puta idea, imagino que como el resto del mundo me quedaré impactado durante unos días, seguiré sintiéndome pequeñito en mi rincón del mundo, pero y luego, ¿qué hago?

Imagino que intentaré tirar hacia delante (que bastante cuesta, por otra parte),  contaré historias que no me dan demasiado para comer (muchas de ellas sobre monstruos, preguntándome de dónde vienen), seguiré malviviendo en trabajos cada vez peor pagados, pero no puedo quejarme, en otras partes del mundo están peor, como si eso fuera una forma de vacunarse ante lo que nos pasa. Y así hasta el día que las balas pasen silbando muy cerca mío mientras me tomo un café (o una caña), entonces intentaré sobrevivir al rugido de los Kalashnikov, y si lo consigo, intentaré ayudar al que está al lado, aunque bastante haré si salgo vivo para contarlo. Sé que moriré en el contexto de este escenario, es el que me ha tocado vivir, a mis padres y abuelos les tocaron otro tipo de monstruos, otro tipo de guerras, pero ésta es la mía, hay que asumirlo, y creo que van a estar aquí mucho tiempo.

En todo este tiempo de existencia, es decir mis cuarenta y tantos tacos largos, he vivido muchos días (o noches) como las de ayer, alguna incluso me han tocado de cerca, incluso en un momento dado hubo que ponerse alerta porque la profesión de mi padre significaba ser “el enemigo”. Siempre fueron jornadas en el que imperaba el sonido de los transistores, con el corazón en un puño, el miedo a que algún conocido pasara por ahí, en esa macabra lotería. Y en aquellos días, todavía sin globalización ni redes sociales, se producía el mismo ritual: discursos, dolor, condenas, solidaridad, lazos, y luego a seguir con la vida hasta la próxima visita de los monstruos.

Me seguiré haciendo la misma pregunta sobre el lugar de donde vienen. Probablemente no encuentre respuesta, algunos más listos que yo dirán que son causas históricas, de desagravio del pobre hacia el rico, o que todo es una cuestión geopolítica de grandes potencias expoliando zonas del planeta, o sociológica, sobre una generación que creció entre nosotros, en medio del desamparo tras el expolio económico. Y puede que tengan razón, aunque sólo cuando ocurre algo así, cuando la sangre tiñe las calles de nuestras ciudades, es cuando algunos se acuerdan de las razones históricas, o geopolíticas, o sociológicas. Puede que incluso verlos salir de una cueva tipo Mordor, con colmillos y babeando odio pudieran cumplir mis expectativas, pero me da que no. Son monstruos que respiran, comen, beben, cagan, mean, y quizás en algún momento disfrutaron de esta vida, y algo es seguro: todos tienen una madre.

Quizás, en el fondo, sólo debería mirar en mi propio interior, cuando uno mismo a veces se siente ofendido por alguien, o atacado por el que no piensa igual, o insultado sin venir a cuento, y surgen las ganas de responder, un estallido de violencia verbal que anhela la agresión física, queriendo hacer daño al contrario, deseándole lo peor, aunque luego la sensatez impide cruzar esa línea tan tentadora. Y es entonces, cuando se te cruzan esos sentimientos de odio, cuando la ira hace acto de presencia, cuando tienes tentaciones de cruzar la línea, es entonces cuando debería darme cuenta de que los monstruos no vienen de lugares de lugares lejanos, ni de cuevas lóbregas, sino que simplemente habitan en todos nosotros.

© Gonzalo Visedo

carol

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4 comentarios

  1. Pues si. Cuando la sin razón se instala en la mente de un ignorante, se obtiene un terrorista en potencia.
    Europa tiene un gran problema.
    Tenemos un gran problema.

  2. Yo también me siento muy pequeña…

  3. Muy cierta tu conclusión. Me parece que solo si reconocemos la violencia que cada uno llevamos dentro, podemos hacer algo al respecto. La ansiedad, el miedo, el pánico, la rabia, son huidas de algo que se esconde en nuestros adentros… que no queremos mirar; indicaciones de que huimos de nosotros mismos, de nuestros monstruos. Es el principio de las guerras. Lo que veo afuera es reflejo de lo que tengo adentro.

    Primero, mirar, mirarnos, darnos cuenta. Luego, hacer un viraje de timón. Poco más.

    ¿Imaginas que todos hiciéramos lo mismo? Mirar, darnos cuenta y virar. Solo ahí podemos intervenir. Y no es fácil, pero hay que procurarlo, hacer venir las oportunidades. Me parece.

  4. Miguel Ángel · · Responder

    No creo que sea lo correcto, ni quisiera que nadie lo hiciese. Es más, si alguien lo hiciese, creo que habría que castigarle. Sería una reacción intrínsecamente mala, que probablemente no conduciría a ninguna parte. Ilógica y seguro que perniciosa. Mis convicciones se oponen a cualquier cosa parecida a esto. Sería indigno y quien lo hiciese sería, probablemente, otro monstruo.

    Pero yo les metía sus bombas y sus balas por el culo y me sentaba a ver cómo revientan.

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