La cooperante

                                                                                                        “Un héroe es todo aquel que hace lo que puede”                                                                                                                                                               (Romain Rolland)

“Yo tuve una novia cooperante en los Balcanes”. Bien, no es la frase de “Yo tuve una granja en África”, ni tampoco suena tan exótica, ni obviamente uno es Redford, pero siempre me ha hecho ilusión empezar una historia con una frase de ese tipo. De hecho, es la mujer que más he querido porque no me dio una excusa baladí para huir de mí como hacen otras —ya saben, las del tipo “me divierto mucho contigo, eres genial como amigo, pero me follo al de la voz grave, que a ti te falta un hervor”—, ésta se fue a una guerra de verdad, o guerra recién terminada, lo que me deja en mal lugar, es decir, preferir el campo de batalla a mi persona, pero bueno, no nos desviemos del tema y sigamos con tan singular relato.

Uno, que es una especie de Jack London sacado del Mil Anuncios, se fue a verla trabajar por aquellas tierras, no sólo porque la echaba de menos (ya saben, esas cosas de la inocencia de la juventud; hoy, pasado el ecuador de la cuarentena, si te dicen que se van con las amigas de juerga, simplemente disimulas desencantado con un chasquido de boca, pero anhelando en tu interior que haya Champions esa noche), sino porque también estaba seguro de que, más tarde o más temprano, me la levantaría algún Rastas intensito y tatuado con un pasado tormentoso, como al final sucedió… Aunque ahora que lo pienso, no llevaba rastas, mi ex me dijo que el chico era un cooperante croata de la Cruz Roja, tenía una pequeña embarcación, y encima era buen tío, así que ante eso, no se puede competir, por más paseos en barca por el Retiro que uno prometa.

El caso es que en las dos visitas que hice a los Balcanes a mediados de los noventa —la primera a Zagreb, donde fluía la vida con normalidad, pese a lo sucedido no mucho tiempo atrás— , fue en la segunda donde quise dar una sorpresa a mi ex, con la absurda intención de (re)conquistarla, esas cosas que se hacen con veintitantos años, especialmente cuando ves que has perdido a la novia y te crees de pronto un Kapuscinski improvisado dispuesto a la aventura. Así que, una vez me despidieron de Telefónica, donde trabajaba como tele-operador (¡ese gran empleo!), por un problema de incontinencia verbal ante uno de mis jefes, todo por un quítame allá las estadísticas de calidad que nos daban sobre nuestro trabajo, pero que en mi caso hice saber “que se las podía meter por el mismísimo culo”. Obviamente eso supuso mi adiós —de manera disciplinaria— al empleo, pero en la carta de despido que me entregó la responsable de Recursos Humanos, constaba que la falta grave era -y cito textualmente- “porque no me salía de la polla que me dieran las estadísticas”. Eso supuso mi enérgica protesta, no porque estuviese en contra de mi forzosa salida de tan querida empresa (todo lo contrario, estaba totalmente de acuerdo), sino por la forma en que estaba redactado el texto: no es lo mismo introducirse algo por el ano, a no querer que algo salga por el miembro viril. Así que, tras estas diferencias con la multinacional de la comunicación sobre las pequeñas aristas del lenguaje común, una vez me vi en el paro, viajé a lo más profundo de la Krajina de postguerra.

Tras un vuelo a Venecia que saqué con el dinero del finiquito, tuve que dormir en la playa del Lido (donde el festival de cine) esperando a que saliera el primer tren a Zagreb, ya que por aquel entonces los vuelos comerciales a Croacia estaban todavía suspendidos. Luego vino una larga travesía ferroviaria, cruzando primero por Eslovenia, para llegar finalmente a Croacia, donde descubrí la célebre hospitalidad de la policía croata, especialmente su sigilosa forma de entrar en la cabina de un vagón, su grácil manera de despertarme, su melodioso estilo para pedir el pasaporte, así como la angelical voz con la que me preguntaron “¡¿qué cojones se me había perdido en esa parte del mundo?!”. Obviamente evité explicar que iba a dar una sorpresa a alguien, que en dos días era su cumpleaños, que mire usted que yo la quiero pero fui estúpido y la dejé porque ya sabe cómo somos de gilipollas los hombres y etc, etc. La cuestión es que no se les veía cara de comprender el romanticismo oxidado de un veinteañero con gafas (además, con cara de pringao), aunque tampoco se les veía con ganas de comprender demasiadas cosas, así que se conformaron a regañadientes con mi rotunda aseveración de que iba a hacer turismo, que alguien tendría que ser el primero en mostrar al mundo que todo estaba en calma por esos lares, que luego seguirían mi ejemplo ingleses borrachos en chanclas, además de los consabidos italianos peinados hacia atrás (y algo salidos), que traerían la normalidad del turismo moderno.

Tras el procedimiento policial, por fin llegué a la capital donde busqué la colaboración de una compañera de trabajo de mi ex, a la que conocí en mi viaje anterior a Zagreb. La mujer se apiadó de mi desesperación —y estupidez—, y me dio los datos necesarios para llegar en autobús (el único que había) hasta Knin, la capital de la Krajina donde la ONG tenía su centro de operaciones. Vino luego un eterno viaje en autobús a través de un paisaje verde que se perdía en el infinito, era bucólico, casi de cuento, sino fuera porque al mismo tiempo resultaba desolador comprobar que prácticamente todas las casas estaban sin techo, o habían sido pasto de las llamas, o las fachadas estaban horadadas por agujeros de todos los tamaños, provocados no precisamente por la carcoma. Todo un panorama de la sinrazón humana en su plenitud, en este caso de hermano contra hermano, o de vecinos asesinando a sus vecinos, como más tarde me contó mi ex sobre minas que se dejaban ex profeso en los jardines de las casas, sólo por si el vecino de toda la vida, al que le habían dado los buenos días cada mañana durante años, se le ocurría regresar.

Llegué a Knin tras infinitas horas en el autobús, con el culo plano y los ojos como platos ante tanta destrucción. Obviamente la sorpresa en mi ex novia fue mayúscula. Usé como excusa que en unos días era su cumpleaños, que estaba tomando una caña en un bareto de Bilbao, que entonces me acordé que cumplía años y me dije: “pues pillo la Línea 1 a la estación de Atocha y me planto en un pis pas en los Balcanes a saludar a la Valvanuz” —que así se llama ella, que creo no lo he dicho, es un nombre común en Cantabria, aunque prefiere usar el diminutivo de Valva, lo malo es que cuando conoce a alguien y dice cómo se llama, sabes que la respuesta va a ser de extrañeza (a mí también me pasó), como si no hubieras escuchado bien: ¿Malba, dices? ¿Alba? ¿Lava? ¿Eh?—. Obviamente Valva no se creyó la excusa que le di, las mujeres son muy intuitivas para estas cosas. Pero ya que estaba por allá, la mujer dejó todo lo que tenía pendiente —llevar esperanza en forma de sacos de harina a ancianos serbios que no querían abandonar sus casas (se calcula que hubo un éxodo de 300.000 personas que huyeron de la limpieza étnica practicada por los croatas), viajando dentro de todo terrenos rusos que se caían a pedazos (doy fe), por caminos pedregosos y zonas que todavía estaban minadas— y me llevó a una casa que tenía la organización en un pequeño pueblo de la costa.

Era un lugar casi paradisiaco, de postal, donde intuías que en el pasado la gente iba a veranear, pero que ahora era un lugar fantasma. Pasamos unos días en aquel lugar, y en un momento dado, la mujer sacó fuerzas de flaqueza para confesarme con toda sinceridad que se había enamorado de un croata de la Cruz Roja (aguantó un día sin decirme nada, por eso de no herir mis sentimientos de primeras, especialmente tras tantos kilómetros a la espalda), aunque todavía no se habían liado, se sentía bastante confusa al verme aparecer, pero el chico le gustaba mucho. Precisamente pensaban verse, junto a otra gente, para celebrar su cumpleaños.

¿Qué hice entonces?, se preguntarán. Pues lo único sensato en una situación así: me llamé gilipollas en el espejo del baño unas 48 veces, luego me salió el lado hidalgo español y le dije que, por supuesto, tenía que ver al croata de la Cruz Roja, yo me quitaría de en medio, saldría a la calle, cogería el autobús de vuelta (como si coger un autobús en un lugar así fuera igual que pillar el 5 en Sol, aunque a veces por lo que tarda me pregunto si en Madrid estamos en zona de guerra) y no molestaría más. De nuevo fue ella la que trajo la cordura, me hizo ver dónde estaba —no precisamente cerca de casa—, me tranquilizó, me aseguró que pasaríamos los dos juntos el fin de semana celebrando su cumpleaños en la casa que la ONG tiene en la Costa Dálmata, y ya el lunes regresaríamos a Knin para dejarme en el autobús de vuelta a Zagreb.

Jack London, Kapuscinski, los románticos del s. XIX, y su puta madre vestida de lagarterana, se dieron de bruces con la realidad de la vida. La cara de idiota que tenía era parecida a la de Landa cuando contemplaba a las suecas. Creo que maduré a toda hostia, pero multiplicado por tres, aunque a quién voy a engañar, alguna vez que otra vez volví a tropezar en la misma piedra, sólo que no en zona de postguerra. Hoy, con el cinismo propio que envuelve la madurez, añoro aquellas tonterías de juventud; ahora todo parece falto de emoción, como si el terreno que uno pisa fuera demasiado conocido, excesivamente cotidiano, tremendamente real. En fin, así es la vida, el médico que te da un par de azotes en las nalgas para darte la bienvenida al mundo, debería entregar también el “Manual de instrucciones a seguir en caso de hacer el gilipollas”, pero la Seguridad Social no podría sufragar tanto gasto, así que acabaría cobrándolo, convirtiéndonos a todos en gilipollas, sino lo somos ya.

Pasamos el fin de semana lo mejor que pudimos, sabedores de la situación. Nos bañamos en el Adriático, un mar sereno donde nadie podría sospechar que en su bella costa ocurrieron las mayores atrocidades que ha visto el ser humano contemporáneo (sin olvidar Ruanda, claro). Tomamos el sol en un pequeño embarcadero, luego me llevó a cenar al único restaurante abierto del pueblo, donde el camarero se sorprendió por tener clientes que venían de fuera, algo habitual de ver años atrás. Cenamos un filete tierno y sabroso frente a un paisaje nocturno de postal, todo era paz y serenidad, pero resultaba absurdo, momentos así son para compartirlos con alguien con quien tienes algo más que una charla amena, con alguien a quien deseas acariciar, tocar, besar. Sin embargo, todo aquello era ya un terreno baldío, una especie de Waterloo al amanecer en el que no había mucho que hacer. Me sentía como un actor interpretando un papel en un teatro vacío. Aun así, recordamos viejos tiempos, ella se reía a carcajadas, como si le fuera el alma en ello, con ese sentido del humor que le caracteriza, soltando chascarrillos, como hacía siempre. Me contó anécdotas, me habló de sus compañeros, de los malos momentos del principio, que casi la hicieron abandonar, del compañerismo que surge en un sitio así, también de los buenos momentos —que los hay—, del peculiar cocinero con un pasado misterioso que las alimentaba (todas las cooperantes de la casa eran chicas), de una compañera que era de un pueblo de Ávila a la que gustaban las drogas —se las traía a escondidas en la estafeta militar, con el riesgo que eso suponía—, pero que siempre fue su principal apoyo en los momento duros, y de otras muchas historias que hicieron que la noche se diluyera en un instante, como si fuera un azucarillo en el café mañanero, aunque en todo momento era consciente de que sus pensamientos no estaban en esa mesa, frente a mí, sino a unos pocos kilómetros de ese lugar.

Pasó el fin de semana, volvimos a Knin, consciente de que era una cuenta atrás, que ésa era la última vez que la vería, aunque ella insistiera en que mantendríamos contacto, que siempre seríamos amigos, aunque eso yo no lo terminaba de ver. Llegamos a la casa que era el centro de operaciones de la ONG, me presentó a sus compañeras, me contaron lo que hacían, la inquietud que todos tenían porque la dirección de la organización quería cerrar la misión, como siempre por cuestiones económicas (algo de lo que me enteré en mi primer viaje), cuando de pronto la compañera abulense le comentó a Valvanuz que si se habían enterado de la carta en los periódicos españoles. Ella puso cara de no entender nada. Al parecer alguien había escrito una carta explicando el trabajo que hacían todos ellos en esa tierra destruida por la guerra, pero también denunciaba los problemas para continuar con la misión por cuestiones económicas. La citada misiva había sido publicada en El País en la sección de “cartas al director”, pero también en el resto de periódicos de tirada nacional. En ese instante, me quedé helado, uno tiene vocación de hacer las cosas anónimamente (demasiadas películas a la espaldas), sin que el resto se entere, además pensé que en la redacciones de los periódicos sólo publicaban las cartas que fueran quejas de algo, como buenos españoles que somos.

Noté que la mirada azul de Valva me taladraba, pero yo no me atrevía a girar la cabeza. Nadie sabía quién había escrito esa carta, pero a ella enseguida se le encendió la bombilla. Luego permaneció en silencio, no dijo nada. Me despedí de la compañera de las drogas (no le pedí para el largo camino de vuelta, aunque debí hacerlo), de las otras compañeras, del cocinero excéntrico del que tanto me había hablado y salimos fuera de la casa camino de la tartana rusa con la que me acercaría a la parada autobús. Eran los últimos instantes que pasábamos juntos, pero el silencio atronaba en el interior del vehículo humanitario; ella permanecía con la vista al frente, sin mirarme, sin decir una sola palabra desde que salimos de la casa. Aparcó el coche, yo no sabía qué pasaba por su cabeza, ese falta de respuesta me inquietaba, no sabía si era bueno o malo, lo último que deseaba es que la carta de marras le hubiera sentado mal, que viera en ella el último esfuerzo por recuperarla, cuando eso lo tenía que haber hecho tiempo atrás, antes incluso de que ella marchase a un lugar tan lejano.

Me disponía a darle dos besos y despedirme de la manera más digna posible, cuando un reguero de  lágrimas fluyó de esos ojos de mirada celeste infinita, aquellos que tiempo atrás me conquistaron en la Facultad de Ciencias Políticas. Todo empezó una tarde en la que acompañé a unos compañeros a recoger el título de la carrera (en mi caso no me molesté ni en solicitarlo, oficialmente ya era un politólogo, pero igual hubiera dado ser proctólogo, mi único interés seguía siendo el cine, pero no sabía ni por dónde empezar, ni cómo entrar en un mundo tan endogámico), cuando vi a aquella chica de pelo enmarañado —todo un laberinto rubio trigueño donde uno podía perderse, aunque a ella le gustara bromear sobre su peluca imposible e impermeable que no se le mojaba ni bajo la ducha— a la que conocí meses atrás en la fiesta de fin de curso, pero que por aquel entonces tenía un novio italiano. Allá estaba ella, en el bar, hablando con más gente, pero mi timidez congénita, y mi falta de coraje, hicieron que no me acercase, por eso de no molestar.

Camino de la puerta de salida de la facultad —con mis compañeros felicitándose por tener ya en su poder el título, mientras yo mascullaba para mis adentros cómo cojones no me había atrevido a decirla algo—, el destino (siempre juguetón) quiso darme una segunda oportunidad: de frente a nosotros, venía Valvanuz caminando con una carpeta bajo el brazo, con aquellos ojos y aquel pelo que se veían a la legua. Resultaba imposible esconderse, ahora no había excusa barata, así que me disponía a aunar fuerzas para saludarla, cuando fue ella la que tomó la iniciativa y se acercó con aquella sonrisa que siempre invitaba al buen rollo. Allí estuvimos, hablando y hablando, mientras pasaban los minutos y mis amigos me miraban a unos metros con media sonrisa vacilona dibujada en la cara. Como siempre, hablé de cine, mientras ella hablaba de realidades: le faltaba un año de carrera y ya no tenía el famoso novio italiano. Entonces comentamos la posibilidad de ir a ver algún día la última de Woody Allen, uno de sus amores. Y así fue, y así lo hicimos, y así comenzó todo.

— Mi abuela siempre dice que nunca sabemos apreciar lo que tenemos a nuestro lado—, dijo ella, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas camino del polvoriento suelo croata.

La verdad es que no sabía qué hacer, qué decir, cualquier otro hubiera aprovechado la jugada, pero me sentí mal, al fin y al cabo aquel lugar desolado por la guerra era ahora su mundo desde hacía dos años, aquella era ahora su gente, aquella era su vida. El autobús estaba a punto de salir, me acompañó hasta la puerta, cuando entonces, sin esperarlo, se abalanzó sobre mí y me besó profundamente en la boca, un instante que todavía hoy me resulta imposible olvidar. Me dijo que tenía que poner en claro sus pensamientos, que tenía que tomar una decisión, que me llamaría en unos días. Luego corrió, sin mirar atrás, hacia el gran invento con ruedas de la ingeniería soviética. Yo era consciente en ese mismo instante de que ésa era la última vez que la vería, que la acaba de perder para siempre. Al parecer, por fin estaba madurando.

Regresé a Madrid tras un viaje eterno, demasiadas horas para pensar, incluso las delicadas maneras de la policía croata me parecieron perfectas para sacarme del vacío en el que me encontraba, el cual me acompañó hasta que desembarqué en Barajas. Pasaron unos días en los que mi única preocupación era el teléfono (en aquellos tiempos el fijo, vamos, el de cable de toda la vida), lo miraba constantemente, me cercioraba de que estuviese bien colgado, de que no tuviese avería alguna, incluso llamé a mi querida Telefónica para estar seguro de que no había ningún tipo de corte en esos días. Hasta que por fin, un día, sonó el teléfono… ¡¡Era ella!!

La voz se entrecortaba, así que fue una llamada rápida. Me contó que estaba en Turquía, de vacaciones con sus padres, que seguía indecisa, hecha un lío, que no sabía qué hacer, que la misión de momento iba a seguir. La tranquilicé, le dije que no se agobiase, que siguiese con su vida tranquilamente, daba igual la decisión que tomase y luego se cortó la llamada. No volví a recibir ningún otro tipo de comunicación de ella, ni por vía telefónica ni por carta. Esa falta de noticias sólo podía significar una cosa.

Un año después, de nuevo por su cumpleaños, me llené de valor para llamar al teléfono de la casa de Knin. Me temblaban las piernas por el mero hecho de escuchar su voz, incluso tenía la garganta seca, no estaba seguro si iba a ser capaz de decir algo. Me cogió el teléfono la compañera del pueblo de Ávila que se acordaba de mí. Me informó que seguían trabajando, que la misión se mantenía, aunque la amenaza de cerrarla siempre estaba presente. Me alegré por ellos, y luego le pregunté por Valva, quería felicitarla por su cumpleaños. Tras un breve silencio, me explicó que ya no vivía allá, hacía meses que se había ido a vivir con su novio de la Cruz Roja y ahora trabajaba para otra organización. Me preguntó si quería su número. Obviamente le respondí que no.

Pasaron los años, por fin pude entrar a trabajar en cine, pero no contando historias como siempre había soñado: era uno más en los departamentos de producción de productoras por las que fui pasando, yendo a mil recados, haciendo mil gestiones, aguantando a mil gilipollas. También pasaron otras relaciones, otros líos, la mayoría vacíos, pasó el sexo con unas y otras, más o menos sucio, más o menos oscuro, de pago y no de pago, la mayoría poco satisfactorio. Mientras, en las noticas, hablaban de otros conflictos, de otras guerras, donde ahora ser cooperante significaba perder la cabeza frente a una cámara, tiempos cada vez más oscuros, ¿aunque cuando no dejaron de serlos?.

Una noche de viernes había quedado con un amigo de toda la vida llamado Óscar en los cines Ideal. Los dos somos cinéfilos irredentos, de esos que viajando en coche se ponen a hablar de cine y se pasan su destino sin darse cuenta porque a lo mejor estamos en ese instante debatiendo sobre Stanley Kubrick o Howard Hawks. Llegué algo tarde por culpa del retraso de la línea 5 de la EMT (cómo no). Me esperaba en la puerta, refugiado en la lectura de las hojas de promoción de las películas. Levantó la cabeza al verme llegar apurado.

— ¿A qué no sabes con quien acabo de encontrarme?—, me dijo dibujando media sonrisilla pícara en su rostro.

Por aquel entonces mi mente y mi cuerpo pasaban demasiadas horas trabajando en rodajes, así que a esas horas mi imaginación no estaba para mucho, aun así hice un esfuerzo.

— A Spielberg, con sandalias y calcetines blancos haciendo turismo por Madrid— afirmé muy seguro de mí mismo y de mi aseveración.

— No, eso es obvio y fácil de averiguar… ¿No te lo imaginas?

— No.

— A Valva.

Al oír su nombre me quedé, primero congelado, para luego sentir un latigazo interno en forma de corriente eléctrica que recorrió todo mi cuerpo. Obviamente intenté disimular mi sorpresa, además del anhelo por saber de ella. Nunca pensé que fuera a regresar, imaginé que se habría quedado para siempre en aquella tierra bucólica, a pesar de los conflictos que la habían sacudido durante decenios. Pensé que formaría una familia, que ya sólo volvería de vacaciones a su tierra natal rodeada de niños rubios, con el pelo alborotado y enredado, que seguramente practicarían la vela o algún deporte náutico.

Óscar me informó que la hacía mucha ilusión saludarme, pero que su película estaba a punto de empezar y tenía que entrar. Aun así tuvo tiempo de explicarle que había regresado a España, que ahora colaboraba con la Cruz Roja, pero que se ganaba la vida con otras cosas, concretamente de tele-operadora (qué cosas), que estaba algo cansada tras pasar años en los Balcanes, no sólo fue la Krajina en Croacia, también Bosnia y Kosovo, en todos los lugares por los que la guerra pasó. Óscar conocía perfectamente a Valva, de hecho entre ellos también surgió la amistad en el tiempo en que estuve con ella, así que había confianza y me informó que aquel largo pelo rubio, laberíntico y enredado, que siempre le había caracterizado, había desaparecido: ahora llevaba el pelo rapado y de color rosa. Enseguida pensé lo típico que piensa un hombre educado en un colegio de curas durante 13 años: se ha hecho lesbiana. Pensé para mis adentros qué coño habrá ocurrido con el croata (y su bote) para que tomase una decisión tan radical. Yo fui un desastre, pero solo provoqué que se marchase a ayudar a una guerra. En fin, pensaba esas tonterías, cuando la realidad era otra bien distinta, como si no la conociese, sólo ella era capaz de tomar ese tipo de decisiones. Con 17 años de edad abandonó Santander, la seguridad de la casa familiar y la buena vida del Norte, para, primero estudiar en Estados Unidos durante un año, y luego seguir sus estudios en Madrid. La vida convencional nunca fue con ella. Pasé toda la película pensando en Valva, ni me enteré de lo que vimos, ya podría haber bailado el ballet del Bolshoi en pelotas frente a mí, que mi gesto seguía siendo de perplejidad tras conocer la noticia. Estaba a punto de salir humo de mis orejas y acabarían desalojando la sala. Sólo un pensamiento me trastornaba y resonaba una y otra vez en mi cabeza: ella había vuelto.

Pasados unos días (tuve dudas de llamarla), levanté el teléfono y conseguí hablar con ella. Quedamos a tomar algo, me contó sus historias, sus peripecias (pero nada de lo ocurrido en Croacia), vi su pelo corto de color rosa, como si su compañera de Knin me hubiera dado algo de LSD y ahora estuviera en pleno viaje, pero su sonrisa y sus carcajadas eternas me hacían volver a pisar la tierra. Efectivamente, colaboraba con la Cruz Roja, ayudando a los gitanos rumanos, aunque me confesó que estaba harta de los tíos, que obligaban a las mujeres a que mendigaran mientras ellos se tocaban literalmente el cimbel.

Después de ese encuentro, tuvimos contacto durante un tiempo, pero mi trabajo audiovisual por aquel entonces me tenía a plena dedicación. Su estancia en Madrid duró unos meses, pero alguien de su valía era un desperdicio tenerla en dique seco. Por fin un día la llamaron de la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa), cuya misión es facilitar la resolución de los conflictos existentes o pendientes de solución, además del seguimiento en procesos electorales en lugares complicados. Uno de esos sitios a los que tuvo que acudir varias veces fue Nigeria, además en la parte musulmana, lugar donde la democracia —por lo que ella me contaba— la intentaban implantar a latigazos.

Posteriormente, tras estar de nuevo un tiempo trabajando sobre el terreno en sitios de conflicto, regresó de nuevo a Madrid, donde la contrataron para dirigir una ONG que llevaba temas alimentarios, cuya sede central estaba en Barcelona. Estuvo unos pocos años, aunque la cosa no terminó demasiado bien con la dirección de la organización. Al parecer la ninguneaban desde Barcelona y acabó harta de ellos, además del clientelismo que también existe en estas organizaciones. Al final hizo algo parecido a lo que yo hice con Telefónica en su tiempo, aunque ignoro el orificio (o esfínter) por el que les dijo que podían meterse el trabajo. Cansada, algo desencantada, volvió a su tierra, de la que marchó muchos años atrás, imagino que para alegría de amigos y familia. Se acabaron los lugares desolados por conflictos, se acabaron los viajes incómodos a sitios dejados de la mano de Dios, se acabó eso de intentar salvar el mundo, aunque su espíritu activista siempre se mantenga, algo de lo que yo siempre he carecido.

Más adelante, en un viaje que hice a Santander para recibir un premio que daban a un mediometraje que había hecho —al final pude contar historias, aunque tampoco es que viva de ella, soy un muerto de hambre, como tantos otros de la profesión—, la vi de nuevo: se dedicaba a cuidar un huerto de un amigo suyo que estaba en las afueras de Santander. Ganaba poco dinero, pero tiempo atrás había comprado una casa en su tierra, por lo que no necesitaba mucho más, se sentía feliz entre tomates, lechugas y cebollas. Además se había echado un nuevo novio, era ingeniero, tenía un pequeño bote (de nuevo) y, además, pescaba. A éste le conocí, cené con los dos y me pareció un buen tío. Volví a Madrid con el premio, en estos años de la crisis bastante tuve con sobrevivir: seguí haciendo cortos, pero también realizando trabajos de todo tipo (desde oficinista a camarero), y obviamente también tuve muchos períodos de paro (como todo buen hijo de vecino en este país), además de seguir escribiendo con la esperanza de que algún día, algún productor, quiera sacar adelante mi primera película.

No supe nada de Valvanuz durante un período de tiempo, hasta que, con la llegada del whats app, un día me atreví a preguntarle cómo le iba. Me respondió que había dado un giro a su vida debido a la crisis, como habían hecho tanto otros. Realizó un curso de hostelería y había decidido dedicarse al mundo de la cocina —otro de sus grandes placeres, de hecho comía como un obispo, pero la jodida nunca engordaba, justo lo contrario que uno—, aunque fuera como humilde pinche de cocina. La realidad es que pasa también muchos períodos de paro, pero aun así intenta tomarse la vida con filosofía, su sonrisa, por las pocos fotos que he visto de ella, se mantiene.

El otro día le escribí un whats app con motivo del estreno de la última (y estupenda) película de Fernando León Aranoa (“Un día perfecto”), que precisamente trata del trabajo de los cooperantes en los Balcanes. Por supuesto, los protagonistas son americanos —unos brillantes Tim Robbins y Benicio del Toro, hay que vender la película, no queda otra—, pero se deja ver muy bien, refleja la vida de gente que va a lugares donde nadie en su sano juicio iría. Ademas, está tratada con bastante sentido del humor, cosa que se agradece porque es fácil caer en el dramón, o soltar el panfleto obvio, algo que a veces le pasa a nuestro cine. Ella me prometió que iría a verla, al igual que “Inside out” (la otra recomendación que le hice, que llevase sus sobrinos como excusa). Fue entonces cuando me sorprendió con algo que no esperaba:

— Tenía pendiente escribirte, el otro día encontré unas cartas tuyas al director, escritas en una Olivetti… Qué joyas — ponía el whats app, acompañado de un emoticono sonriendo a carcajadas.

Uno ya tiene lagunas mentales, no recordaba cuál había sido el destino de aquellas cartas que, siendo joven, me dio por escribir a los periódicos, sobre tema variados, la mayoría acerca de cine (cómo no), otros banales, incluso una vez escribí una que ella me pidió cuando estábamos juntos, una queja sobre la música de charanga de unos gitanos (con cabra, por supuesto), que nos despertaba todos los sábados a primera hora de la mañana. Obviamente lo hice con mucho tino, solicitando que si no quedaba más remedio de aguantar esa música estridente a esas horas, al menos que cambiasen el repertorio. Y por supuesto, entre esas cartas, estaba la famosa que publicaron en El País, y que se llamaba “Héroes anónimos”. Probablemente lo que me conmovió de aquel comentario era que, por alguna razón que no alcanzaba a recordar, ella conservaba todas aquellas cartas mecanografiadas en una vieja Olivetti.  

Luego me informó orgullosa que había trabajado este verano para Master Chef, como profesora del campamento para niños que imagino tendrá este conocido programa de televisión. Me hacía gracia pensar que alguien que ha estado voluntariamente frente al horror y la sinrazón humana, ahora se sienta orgullosa por algo tan sencillo como dirigir a unos niños en un campamento de verano, pero tenía todo el sentido del mundo.

— Tirarás pa lante como siempre— le contesté en otro whats app

— O pal monte— me contestó, de nuevo acompañando con dos emoticonos de caras con carcajada.

— Eres una espabilada y una cashonda, ya verás como sí— le insistí para insuflarle ánimos.

— Bueno, hago lo que puedo— me respondió ella.

© Gonzalo Visedo                                                                                 

Valva
La cooperante y su pelo laberíntico
Cena de Navidad en la casa de Knin con sus otras compañeras misión más el cocinero. Ella (la cooperante) es la del centro, pegada a un matasuegras.

Cena de Navidad en la casa de Knin con sus otras compañeras de la misión más el cocinero. Ella (la cooperante) es la del centro, pegada a un matasuegras.

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19 comentarios

  1. Miguel Ángel · · Responder

    Lo dijo la gran Gloria Fuertes en uno de sus poemas: “Leer historias, ver películas… es emocionante. Vivirlas… ¡es acojonante!”

    1. Gracias, hombre… de hecho usted también ha vivido las suyas…

  2. Hace mucho tiempo en un lugar nada lejano · · Responder

    Gran relato amigo Gonzalo (o Visedo, como te llaman algunos amigos). Probablemente no te acuerdes de mí, y no te culpo. Tranquilo! no soy una de tus ex, ni tampoco te pretendo (sin querer herir a nadie, soy tío y hetero, lo siento). Pero como tú bien sabes, la vida a veces tiene giros inesperados y la casualidad existe, y aunque hace muuuchos años que no nos vemos ni tenemos relación personal, sí que algo he sabido de “usted” (ésto también lo recuerdo en su forma de pronunciarse) a través de las benditas u odiosas, según cuándo y para qué, redes sociales, y a través de éste sí un amigo de usted y que también lo fué mío (y aún lo considero así, aunque él pueda no creerlo, y nuestras vidas sean muy distintas).
    Sea como fuere, y tras ese lapso enorme de tiempo, sepa usted que este relato referido me ha gustado y como nunca me he escondido y me gusta dar mi humilde pero sincera opinión de lo que estos ojos, ya también pasados la cuarentena, leen, ven y a veces incluso hacen que la neurona que anda en esta cabeza piense, e incluso traslade un impulso eléctrico y emocional a algo que habitualmente y coloquialmente llamamos patata, y a los dedos de las manos que aporrean ahora un teclado de pc para escribir estas líneas, he querido felicitarle desde el semi anonimato con el único propósito de eso, elogiar este completo relato de vivencias “reales” como la vida misma.
    No me extiendo más, que bastante ya lo hice, y me despido de usted o de tí (como guste/s) no sin darle una pista de quien escribe ésto. Sólo tres palabras claves, “colmillo blanco” y “pin”. A pensar, y suerte (con su futuro, me refiero)!
    Un saludo

    1. Pues muchas gracias, Antonio… sí, no es que haya adivinado la adivinanza, pero es que sale el correo, y buscando, sale Gutiérrez… claro que me acuerdo de usté, hombre, espero le vaya bien y alguna vez con Yago y el resto nos hemos preguntado cómo le va… mi recuerdo es tu tremenda carrera en la playa de Cádiz con Polo y Yago… épica… un abrazo y de muechas gracias por leerlo.

      1. Hace mucho tiempo en un lugar nada lejano · ·

        No hay de qué señor, lo que vale vale y punto 😉
        Me alegra también saber que se acuerda ud. de mí (aunque ya sabía que el correo sería suficiente pista), y me ha hecho gracia el recuerdo de esas vacaciones en Cádiz y ese momento “Carros de fuego”, jajaja.
        Siga usted así y que los demás lo veamos/leamos.
        Un abrazo

  3. Gran historia amigo Visedo, de la cual conocía solo una parte. Vd. siempre ha sido un romántico disfrazado de Mr. Scrunge, o como cojones se escriba.
    Y a todo esto aparece el sr. Guti, otrora Pin!

    1. No queda otra que poner esa careta de Mr. Scrooge, hay mucho cabrón por ahí, especialmente en mi mundo, usté ya sabe, pero bueno, mientras me conozcan los importantes como usté, sin problema… sí, ahí está Gutierrez, qué cosas… ya se lo he contado a Yago…

  4. Marian RUIZ GARRIDO · · Responder

    Tus comentarios irónicos no tienen parangón, amigo mío. Ahí, te creces. A la vez me gusta mucho entrever al tipo vulnerable, apasionado y romántico que también eres o eras, que quizá ya no (¿queda algo o ha sido suplantado del todo?). Dale a esa pluma, a esas maneras tan tuyas. Un abrazo poético.

    1. aaah, pues no sé si queda algo, la edad es inapelable… intentaremos darle, su marido me anima a que lo convierta en guión, quién sabe…

  5. Marian RUIZ GARRIDO · · Responder

    Hazlo. Mi santo tiene un ojo fantástico para detectar dónde hay buenas historias “ejecutables”…

    1. Intentaremos hacer caso a tu santo… aunque con esto de los guiones uno empieza con fuerza y la clave está en el largo plazo…

  6. Muy bueno Visedo

  7. Genial, como siempre

  8. Caramba, no me acordaba yo de lo de Spielberg con sandalias y calcetines blancos…Otro que también goza ya de estupendas lagunas mentales… Pues nada, de nuevo te has puesto magistral y te ha salido un relato emocionante, irónico, descacharrante, muy sentido, lúcidamente nostálgico y crepuscular, vaya, como tú mismo. Una pieza maestra. Como la misma Valva diría… ¡¡Obstetricia!!

    Yo la última vez que he sabido de ella, como te dije, fue en las navidades pasadas. La vi vestida de chef en su foto de wassup y decidí decirle algo. En ese momento estaba trabajando en un restaurante de Cotos, y como sabe lo mucho que me gusta el zampe, enseguida me lanzó su dardo envenenado y me dijo que subiera un día a comer, que los judiones eran la especialidad de la casa y estaban de muerte. Obtuso de mí que nunca lo hice, por ella y por los judiones, claro… Acababa yo de volver de Tailandia y me dijo que tenía pensado ir a Camboya o a la misma Tailandia el verano siguiente (o sea, el que se nos va ya) a hacer un curso de cocina asiática y ver qué plan de trabajo podría haber por allí. La misma Valva de siempre, arrojada y libre… Ya me la podía imaginar perfectamente ganándose la vida en un garito de Khao San o en cualquier otro rincón del mundo. Pero bueno, veo ahora que Masterchef salió ganando la partida. Me alegra mucho saber que sigue bien.

    Bueno, un abrazo y nos vemos el viernes frente a la pantalla de plata (espero).

    1. Bueno, lo de las sandalias es pura ficción, obviamente no me acuerdo de lo que dijiste, salvo a quién te habías encontrado… pero había que darle gracia al asunto…
      Sí, recuerdo lo de Cotos, ya te comenté que si subíamos algún día… efectivamente siempre fue un espíritu libre, así es…
      Muchas y crepusculares gracias, hijo…

  9. Sr. Visedo.
    Tiene Vd. que sacar más a menudo su faceta romántica. Gran relato.
    Para cuando la película?

    1. yo la voy a escribir y dirigir, no tengo problema, el problema como siempre es encontrar quien la financie, ya sabe usté, miarma…

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