Las cinco ventanas de Consuelo

Lugar: Plaza Negrito (Valencia)
Fecha: 13 de julio 2013.
Hora: A media tarde.
Protagonistas: Consuelo, su perro  y servilleta.

Me encontraba en la plaza Negrito, un populoso lugar del barrio de “El Carmen”, en Valencia, tras haber pasado unas horas visitando el museo Líber de miniaturas y soldaditos de plomo, probablemente uno de los más importantes que hay en su género en toda España. Fue entonces cuando la anciana me saludó…

Horas antes, durante un gozoso rato, había regresado a parte de mi infancia (la otra, la del colegio de curas, todavía intento olvidarla), cuando soñaba absurdamente en miniatura y trataba de recrear en plástico (los soldaditos de plomo siempre se salían del presupuesto familiar) momentos de la historia, o escenas de películas bélicas que devoraba en los cines de verano, o en las sesiones vespertinas de los sábados en La Primera Cadena del UHF (ahora La Primera de TVE). 


A través de un paisaje de vidrio y madera admiré al Tiranosaurus Rex alzarse entre las copas de los árboles del Cretácico inferior, peleé mano a mano con Alejandro frente al numeroso ejército persa, navegué por el Nilo en busca de la Reina entre todas las reinas, entré triunfante en Roma subido a la cuadriga de Julio César, crucé los Alpes a lomos de un elefante siguiendo al impetuoso Aníbal, fui testigo de los torneos en los que participó Tirant Lo Blanch, morimos congelados en Rusia junto al diezmado ejército napoleónico, aguanté junto a la rudas gentes de las Highlands la terrible carga de los coraceros en Waterloo, sudé la gota fría cuando nos atacaron los furiosos guerreros zulúes, estuve en el estudio de Toulouse-Lautrec
 contemplando su arte, luché en la estepa rusa rodeado de máquinas diabólicas en el Kursk, incluso crucé las líneas enemigas junto a los SAS británicos en la Primera Guerra del Golfo. Y todo ello sin sufrir un rasguño, paseando cómodamente con el aire acondicionado que servía de alivio al asfixiante calor valenciano. Un viaje en el túnel del tiempo gracias a la prodigiosa habilidad de unos artistas de las miniaturas capaces de llevarte de paseo por la tenebrosa (o luminosa) senda que ha marcado a la humanidad, a través de las miles de figuras que habitan las vitrinas de un lugar imprescindible.

Aún con los ecos de las cargas de caballería en la cabeza, decidí refrescar el gaznate con una cerveza y agazaparme en el libro en el que estaba enfrascado desde hace días. Tomé el pasaje que une la calle Caballeros con la plaza Negrito. Por la callejuela me crucé con una anciana encorvada y algo enjuta acompañada de un chucho pequeño, probablemente tan viejo como su dueña. La mujer, al verme venir, tiró de la correa del perro, como si en vez de semejante piltrafilla llevase un pitbull asesino. Pasé a su lado intentando no pisar a la maqueta de can andante, no era plan convertirlo en chop suey. Al pasar junto a mí, el chucho me hizo cosquillas olisqueando mis tobillos. No presté más atención a la anciana y a su perro de segunda mano porque la plaza (y la cerveza) estaban a la vista. Allí se encuentran algunas de las terrazas más populosas de Valencia, donde se combinan “modelnos/as” de toda ralea, con familias y guiris de paso.

Vi una mesa libre y allá me lancé. El camarero, un tipo con la mirada perdida y algo vidriosa, no sé muy bien si por cansancio, por estar hasta ahí mismo de todo, o por llevar en el cuerpo más de una sustancia tóxica para alegrarse el día, me balbuceó los tipos de cerveza que tenían. No entendí apenas una, así que elegí la que empezaba por “a”, que resultó ser una Amstel.

Y allí estábamos mi libro (“El vagabundo de las estrellas” de Jack London), servilleta (o sea yo mismo con mi mecanismo), el tercio de Amstel (conocida empresa holandesa de cerveza que se hizo con El Aguila) y unos frutos secos (cacahuetes y quicos). Retomé en el capítulo en el que Darrel Standing (el protagonista de la novela) desafía al cruel alcaide Atherton, después de estar enterrado en vida durante diez días en una celda de castigo, y para más inri, atado con una camisa de fuerza. Sólo una mente depravada puede inventar peor tortura. Al bueno de Standing sólo le queda la imaginación para sortear ese enterramiento en vida. Con ella volará hacia otros mundos o vagará por las estrellas. Así que allá estaba yo, vagando por las estrellas con la cerveza, el libro y los quicos, cuando una voz quebrada me devolvió a la realidad…


– ¿Estás solo?

Levanté la vista esperando que fuera una bella “modelna” valenciana con algunas ideas peregrinas, cuando me encontré a la anciana del pasaje y su perro de baratillo. Vista de cerca, y más al detalle, me fijé que dos largos pelos blancos le salían del mentón. Tenía la mirada clavada en mi persona, por no decir que en mi alma.

– ¿Qué no tienes compañía?

Pensé que era una invitación para que ella fuese la compañía. Al principio, un turbio pensamiento cruzó mi mente perturbada: “sólo atraes a viejas con perros andrajosos”.

– Sí, estoy solo. Vamos que no espero a nadie. 

– ¿Y eso cómo puede ser?

La jodía estaba dando en la diana. Eso mismo me preguntaba yo: ¿cómo puede ser? ¿¿Cómo puede ser que un tipo tan atractivo, con un físico descomunal que sólo se encuentra en los catálogos de los gimnasios de Chueca, pueda estar solo en la vida??

– Pues ya ve. A veces es mejor estar solo que mal acompañado.

Frase de catálogo de Ikea, pa matarme vamos.

– Yo vivo aquí enfrente. Tengo cuatro ventanas y otra que da al patio de luces.

– O sea cinco, respondí con sonrisa falsete y gesto incómodo de “a ver si pasa rápido, que me están mirando todos”.

– Pues sí… cinco.

– Ah, muy bien… ¿Y las limpia usted todas?

Mi desconcierto ante el asalto de la anciana me llevó a dar respuestas modelo “me encuentro con un vecino en el ascensor al que no soporto y estás deseando que llegue al bajo”. Miraba a mi alrededor para ver si era objeto de burla por parte de fauna “modelna”, pero me di cuenta para mi frustración que resultábamos transparentes, ni existíamos para ellos.

– Claro, ¿quién si no?

– ¿Vive usted sola?

– Sí.

– ¿No tiene familia?

– Sí, tengo hijos y nietos, pero ellos están en su casa. Yo vivo con éste (señalando al perro despeinado) y una gata.

– ¿No van a verla sus hijos?

– Sí vienen de vez en cuando, pero luego cada uno en su casa. Tampoco te creas…

La abuela me siguió contando algunas cosas más. Que se llamaba Consuelo, que venía de darse su paseo vespertino, que era de un pueblo cercano a Valencia y que una vez le entró alguien por la ventana de su casa, ya que vive en un primero a la vuelta de la esquina. Le molesta que aparquen motos en la callejuela que va a dar a sus ventanas, ya que con sólo auparse desde el asiento, resulta fácil llegar al balcón. Por este motivo, Consuelo les tira agua siempre que aparcan debajo de su casa. Es su forma de evitar que alguno tenga una genial idea. Así que ya saben, si tienen moto, no aparquen bajo los balcones de la callejuela que va a dar a la plaza Negrito de Valencia.

Hubo un momento que no sabía si invitar a la anciana a que se sentara a mi mesa. Tampoco sé muy bien por qué se fijo en mí. Quizás las soledades se reconocen de inmediato, y ella, o el intento de chucho, debieron olisquearlo en mí. Incluso tuve la tentación de ofrecerme a limpiarle sus ventanas, pero sólo fue eso, una tentación. No soy tan solidario.

Tras un nuevo intercambio de frases anodinas, la abuela y su acompañante canino se despidieron de mí. Yo seguía teniendo la media sonrisa incómoda de gilipollas, sin saber en ningún momento qué decir a la buena señora. Incluso pensé que ella debía ser más prudente, no ser tan abierta con un desconocido, aunque tenga cara de bobalicón y esté solo en medio de una terraza bulliciosa. La conclusión es que quizás para ella una breve conversación, o un intercambio de absurdos comentarios, especialmente por mi parte, le servían como forma de romper la rutina de días que son todos iguales, uno tras otro, tarde tras tarde, paseo tras paseo, esperando a que alguien la visite, cuando la única que seguro llegará, es la que todos tememos. Es probable que yo acabe igual, paseando con un chucho hecho a mi imagen y semejanza (o sea con gases y corto de vista), saludando a extraños, con pelos frondosos saliendo de mis orejas, contando batallitas que no le importan a nadie. Aunque ahora que lo pienso, soy alérgico al pelo de los perros.

Consuelo se abrió paso entre las mesas de las gentes que disfrutaban del final de la tarde, saludó a un vecino que se cruzó con ella, y luego giró la esquina de la callejuela. Más tarde, al marcharme, la vi asomada a una de sus cuatro ventanas, a la búsqueda de alguna moto que se arrimara a la fachada en la que estaba su casa. En la primera de ellas, semiesquina con la plaza, se encontraba una gata de color pardo (de la que me había hablado antes) que también husmeaba la calle, cual fiel ayudante. No había rastro del perro que, imagino, estaría descansando, bastante tenía con lo suyo.

Cogí la bici que había dejado en la callejuela, quité la cadena y pasé bajo las ventanas. La saludé al llegar a su altura, ya sin la sonrisa de gilipollas, pensando que la soledad no tiene edades, pero que en el crepúsculo de nuestras vidas, que no está tan lejano, es una verdad absoluta. La anciana respondió levantando el brazo de manera mecánica, con media sonrisa, con sus dos pelos canosos saliendo del mentón, para enseguida volver a mirar hacia la calle. Dudo que me reconociera, pese haber estado hablando conmigo minutos antes. Eso sí, las cuatro ventanas, e imagino la del patio de luces, estaban impecablemente limpias.

Imagen

Nota del autor: Quería dar las gracias a Cristina, Alex y Enric por hacer la foto. Sería largo de explicar por qué tres personas para hacer una foto, pero sólo indicar que la hice yo en su momento, e, incluso, salía Consuelo encaramada a su ventana, pero las borré del móvil. No me preguntan por qué… problemas neuronales. 

 

Anuncios

8 comentarios

  1. Me alegro de que vuelvas a escribir. Te seguiré con fruición 🙂 Un Beso

  2. He perdido la cuenta de los diferentes calificativos del perro pero cada uno me ha sacado una sonrisa. Absolutamente genial.

  3. Miguel Ángel · · Responder

    Me llena de orgullo y satisfacción que vuelva usted a escribir y describir como sólo usted sabe.

    Se le lee, señor Visedo. Y se le quiere y se le recuerda.

    Abrazos castos y viriles con dos sonoros plas plas en la espalda.

    1. Gracias, hijo… yo sí que le echo de menos, y muucho, es complejo encontrar a alguien con sus sentido del humor, me siento como Diógenes, buscando con un farol a un tipo con gracia…

  4. Me ha encantado, oiga.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: